Eduardo Wilde – Alma callejera

No puedo dormir; mi alma se sale a la calle semi oscura y húmeda, donde los faroles de gas parecen jaulas aburridas, que encierran canarios moribundos ardiendo.
Mi alma va topando las paredes de trecho en trecho o cayendo en su vuelo incierto sobre las veredas, como la sombra de un pájaro ciego.
Huida de mi cuerpo marcha escondiéndose como si tuviera un paquete e intenciones ocultas debajo del brazo, o como si fuera una criada mercenaria que llevara un niño recién nacido a dejarlo clandestinamente en una puerta.
Avanza, avanza, a pesar de sus tanteos en el espacio, como una mancha interna de los ojos, siguiendo su ruta a través de las penumbras fantásticas que llenan la vía pública.
Viajera transmigrada en un capullo oscuro se encamina pegada a los objetos, alargándose en sus huecos, quebrándose en sus ángulos y saltando tangente por sus bordes.
Busca un barrio, una casa, husmea las hendiduras de las puertas, se levanta, se asoma al ojo de la llave, huye como soplada por el viento, trepa por los barrotes de las ventanas, desaparece y se esparce sobre la alfombra de una sala donde ha caído atravesando los vidrios entre dos varillas de persiana.
Un movimiento más y está como la proyección de un cuerpo, a inmensa distancia, sin que se vea el camino recorrido. Y luego temblando semejante a un tul carbonizado puesto al extremo de un alambre fino, vuelve a golpearse en las paredes de la casa asediada, enfilando los ángulos, subiendo a las cornisas y elevándose sobre los muros para estampar su luto en el horizonte a través del vacío y volver fatigada del salto, a continuar su empresa.
Como un núcleo flotante de humo negro, merodea sobre las azoteas, desciende a los patios, gira alrededor de las plantas y de repente se lanza a las habitaciones por los postigos entreabiertos.
Un ruido leve la estremece; es un suspiro que se escapa de entre las cortinas del lecho donde duerme una mujer. Mi alma se difunde sobre aquel cuerpo adorado, visita sus contornos, se arrastra sobre sus formas, sigue las curvas de su busto, rodea el óvalo de su cara, enfila sus labios… la respiración la rechaza… un perfume la penetra… se aproxima de nuevo… una aspiración la absorbe… y la separa del mundo para siempre…
Del seno donde se halla no se moverá nunca; y yo, sin alma, me levantaré cada mañana para pasear mis ojos muertos sobre las indiferencias de la vida y gestionar mi pan por puro instinto.

(1882)

Eduardo Wilde (1844-1913), médico, higienista, escritor, periodista, diputado provincial y nacional, ministro de los gobiernos de Julio A. Roca y Miguel Juárez Celman, fue una de las figuras más importantes de la década de 1880, y sin duda la más controvertida.
De padre inglés y madre argentina (de Tucumán), vio la luz en Bolivia con motivo de la expatriación de sus padres durante la dictadura de Rosas; su padre había llegado a coronel en el ejército argentino. Obtuvo el título de médico en 1870 y su tesis llevaba por título El hipo.
Liberal de pura cepa, fue protagonista central de las largas luchas por la enseñanza laica (ley 1420), la ley de Registro Civil y la de Matrimonio Civil, del proceso de modernización de la justicia y de la salubridad de la ciudad de Buenos Aires.